Durante más de ocho décadas, Estados Unidos ha liderado un sistema económico internacional fundamentado en la cooperación, confianza y acuerdos mutuos, afianzando su estatus como la superpotencia financiera del mundo. Este modelo permitió consolidar su estabilidad, convertir al dólar en la moneda principal para el comercio global y atraer inversiones extranjeras. Sin embargo, las actuales políticas comerciales del presidente Donald Trump amenazan con desdibujar esta posición predominante.
La reciente decisión de Trump de imponer aranceles del 10 % sobre casi todas las importaciones a Estados Unidos refleja un enfoque basado en la coerción y el conflicto, en lugar de la cooperación. Según Greg Grandin, historiador de Yale, esta estrategia está fundamentada en la premisa de que las naciones no comparten intereses comunes sino conflictos inherentes, lo que supone una ruptura con las bases del orden económico post-Segunda Guerra Mundial.
En concreto, las políticas proteccionistas ya han tenido repercusiones inmediatas. En apenas dos meses, dichas medidas han generado inestabilidad en los mercados bursátiles, una caída en la confianza de empresas y consumidores, y proyecciones de menores tasas de crecimiento tanto en Estados Unidos como a nivel global. Analistas de Wall Street anticipan también un alza en la inflación como consecuencia de estas políticas.
No obstante, más allá de los impactos inmediatos, economistas y líderes políticos advierten sobre los riesgos a largo plazo. Barry Eichengreen, académico y autor de "Exorbitant Privilege", destaca que la credibilidad financiera de Estados Unidos se ve comprometida cuando la administración busca reducir el valor del dólar o amenaza con nuevas sanciones. Un dólar más débil implica pérdidas para los tenedores extranjeros y deteriora la confianza en el sistema económico global dominado por la moneda estadounidense.
El poder del dólar, históricamente fortalecido a través de la estabilidad y el liderazgo global de Estados Unidos, está enfrentando desafíos significativos. Por décadas, su preeminencia permitió al país pagar menos intereses al emitir deuda y brindó refugio seguro durante episodios de crisis global. Este dominio también le otorgó a Washington la capacidad de usar sanciones económicas como herramientas geopolíticas, como en los casos de restricciones a exportaciones tecnológicas dirigidas a China y medidas contra reservas extranjeras rusas tras la invasión de Ucrania.
La inclinación de reducir la cooperación multilateral, un principio que cimentó el orden económico tras la Segunda Guerra Mundial, genera temores sobre el debilitamiento del liderazgo estadounidense. Ejemplos históricos, como los controles financieros masivos implementados tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 o el rescate de 50 mil millones de dólares a México en 1994, evidencian cómo la cooperación sostenida refuerza la influencia internacional de Estados Unidos. Joseph S. Nye Jr., profesor de Harvard, advierte que la postura puramente transaccional actual mina la credibilidad a largo plazo, limitando la capacidad de Estados Unidos para ser percibido como un socio confiable.
El repliegue hacia políticas unilaterales y coercitivas tiene implicaciones globales que, a corto plazo, pueden beneficiar a Estados Unidos, pero a largo plazo incentivan a otras naciones a buscar alternativas. Por ejemplo, los ministros de comercio de Japón, Corea del Sur y China se reunieron recientemente en Seúl para discutir la ampliación de lazos comerciales regionales, lo que podría contrarrestar los esfuerzos estadounidenses por frenar el avance tecnológico chino.
La creciente desconfianza hacia la administración de Trump entre los aliados de Estados Unidos plantea inquietudes sobre el surgimiento de un orden global que prioriza la intimidación frente a la cooperación. Así lo analiza Abraham Newman, politólogo de Georgetown, quien subraya que esta estrategia, centrada en el autoengrandecimiento, podría erosionar la influencia de Washington, fortalecer la posición de China y disminuir la dependencia internacional del dólar y de productos estadounidenses.
En última instancia, esta dinámica no solo compromete el sistema global que promovió Estados Unidos, sino que pone en riesgo las mismas herramientas que han asegurado su poder económico. Si los aliados y socios comerciales empiezan a buscar caminos alternativos fuera del predominio estadounidense, el panorama económico global podría dar un giro histórico desfavorable para la nación norteamericana.
La implementación del Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial no solo revitalizó la economía europea, sino que también consolidó a Estados Unidos como una superpotencia, basando su poder en la cooperación económica global, un enfoque contrario al actualmente promovido por Trump.