Albert Camus siempre quiso ir a México, y solo sacó algo de tiempo para hacerlo después de morir. Quizás se debe a que, en la muerte, uno ya no tiene prisa y el tiempo se convierte en un recurso eterno, sin principio ni fin. Al poner pie en esta tierra de mitos y dioses olvidados, Camus siente que finalmente ha llegado al lugar que tanto buscó, aunque ya sea demasiado tarde para comprenderlo del todo. Deambula por sus calles y paisajes, donde la vida y la muerte se entrelazan sin cesar. Cada rincón parece evocar un fragmento de su propia obra, y la realidad de México parece fundirse con la ficción de La Caída y El Extranjero.
Camus inicia su travesía en la Ciudad de México, un lugar que es, a la vez, herida abierta y un rostro que no se avergüenza de sus cicatrices. La vida y la muerte aquí no son conceptos antagónicos, sino partes de un mismo pulso que recorre el alma de cada habitante. Desde los puestos en las esquinas hasta las grandes avenidas, el bullicio parece decirle que, en esta tierra, nadie se oculta de la condena de existir; al contrario, aquí se enfrenta con una mezcla de resignación y risa, una reacción similar a la indiferencia de Meursault en El Extranjero. México es un país donde la vida transcurre bajo el juicio constante del pasado y la promesa incierta del futuro, y en el presente no hay tiempo para otra cosa que no sea vivir.
Mientras avanza hacia el sur, las ciudades se desvanecen y el paisaje se convierte en una serie de selvas y montañas verdes, bajo un sol que parece el mismo que Meursault enfrentó en la playa, ese sol implacable que lo condujo a su destino. Piensa en cómo este viaje es un reflejo de la vida misma: un avance constante hacia lo desconocido, con la esperanza de encontrar algo que nunca estuvo claro en el punto de partida. De pronto, la selva se abre ante él y se encuentra frente a un sitio ancestral, donde el eco de la historia parece responder a sus pensamientos.

En este momento, Camus recuerda El Vuelo de la Serpiente Emplumada, el relato de Armando Cosani sobre la antigua sabiduría indígena. Se siente como si el Quetzalcóatl de Cosani lo invitara a comprender el conocimiento que yace bajo la superficie de México: una cosmovisión en la que la vida y la muerte son una misma fuerza que se recicla, que fluye como el vuelo de la serpiente en espiral, elevándose y cayendo sin cesar. Camus percibe que México no solo enfrenta su historia, sino que habita en una tensión eterna entre el juicio y la redención, el peso del pasado y la promesa de renacimiento, como si esta tierra misma fuera la encarnación de una caída y un vuelo simultáneos.
Cuando llega a la Riviera Maya, a Cancún, encuentra un contraste entre lo eterno de la naturaleza y lo efímero de lo construido. Aquí, entre las playas y los hoteles que resplandecen bajo la luna, observa cómo el ser humano parece encontrar consuelo en la negación del juicio, en una especie de evasión. La modernidad de Cancún, sin embargo, se ve minúscula ante el azul eterno del mar, que se extiende hasta donde alcanza la vista. Camus percibe que, en este horizonte, late algo tan antiguo como las historias de El Vuelo de la Serpiente Emplumada, y que lo invita a perderse en sus profundidades.
Mientras el sol desciende sobre el océano, Camus siente la calma de esta playa y recuerda a Clamence en La Caída, quien se reconoció en sus errores y aceptó su juicio como parte de su existencia. Al final, México le revela una verdad que supera las palabras y los juicios humanos. En su último atardecer, entre el eco de la serpiente emplumada y el mar inmutable, Camus comprende que somos todos extranjeros en una tierra que jamás será nuestra del todo; avanzamos hacia un destino incierto, cargando nuestras caídas y nuestras redenciones. La serpiente vuela ante él, alzándose y cayendo, como si marcara un ciclo que le pertenece tanto a la tierra como al espíritu.
Al caer la noche, siente que en este último viaje ha experimentado la armonía de la vida y la muerte, el juicio y la indiferencia, el vuelo y la caída. Con una paz que jamás creyó posible en vida, Camus observa cómo el cielo y el mar se fusionan en un horizonte sin fin, aceptando finalmente que, como Meursault y Clamence, él también es parte de este ciclo, un extranjero que, solo después de morir, ha aprendido a vivir sin temor al juicio eterno, y a fundirse en el vuelo eterno de la serpiente emplumada.